
La crisis contemporánea que simboliza el robot sacerdote Pepper no es una catástrofe, sino una oportunidad histórica. Tanto la religión como la tecnología son herramientas para enfrentar el vacío existencial, pero ninguna puede llenarlo por sí sola porque el vacío no está destinado a ser llenado, sino habitado creativamente.
El vacío no es un problema a resolver sino una condición a abrazar. Es el espacio donde emerge la libertad, donde se vuelve posible la creación de sentido sin garantías externas. Cuando ni las promesas trascendentes de la religión ni las promesas inmanentes de la tecnología logran satisfacer completamente nuestra sed de significado, nos queda lo más humano de todo: la capacidad de crear vínculos auténticos, de elaborar narrativas propias, de encontrar belleza en la incertidumbre.
«El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra: la primera por distracción, la segunda por esperanza»
Hemos tropezado con la religión institucionalizada y ahora tropezamos con la tecnología salvadora. Pero quizás sea momento de dejar de buscar salvadores externos y reconocer que la única redención posible es la que construimos juntos, en el espacio frágil y valioso del encuentro humano. El robot Pepper seguirá oficiando funerales en Japón, pero los seres humanos seguirán necesitando llorar, recordar, y crear sentido ante la pérdida. En esa tensión irreductible habita nuestra humanidad más auténtica.
Si ni Dios ni el algoritmo nos salvan, nos queda algo infinitamente más precioso: la responsabilidad de salvarnos mutuamente, un encuentro a la vez, una historia compartida tras otra, en el magnífico y terrible vacío de nuestra libertad.